👉 Katia Santana – Escritora & Poeta

Autora de *Ecos de Vida* y *Raíces del Alma*, su obra entrelaza memoria, sanación y amor propio. A través de la poesía, transforma el dolor en arte y las heridas en fuerza. Desde su historia de vida, inspira a otros a reconstruirse con dignidad, esperanza y luz.

  • Caminantes de Historia

    Bienvenidos a mi mundo de palabras

    En un pueblo, en una casa, en una cocina con café colado, se aprende temprano que las palabras se quedan. No se quedan en el aire. Se quedan adentro. Entra una frase como quien entra al portal sin tocar, se sienta, y empieza a vivir contigo.

    Hay voces que llegan suaves, como cuando alguien te dice “mi hija, tranquila…”, y hay otras que llegan con filo, como si fueran verdad absoluta: “así es la vida”, “no se puede”, “eso no es para ti”. Lo más peligroso no es escucharlas una vez. Lo peligroso es cuando se repiten tanto que un día ya no suenan ajenas… y empiezan a hablar desde dentro.

    Por eso hay que cuidar el oído. Porque el oído gesta.

    Lo que se escucha todos los días, lo que se tolera en conversaciones largas, lo que se consume “por costumbre”, va sembrando algo. Primero es una idea que pasa, después una emoción que se instala, después una decisión que se toma sin darse cuenta. Y al final, la vida termina pareciéndose a eso que se oyó durante años.

    A veces la gente no está viviendo su vida. Está viviendo la consecuencia de haber dejado que otros le escribieran el guion a punta de frases.

    El problema no es oír. El problema es no filtrar.

    Así como se cuida lo que se come, se debe cuidar lo que entra por los oídos. Hay palabras que alimentan y hay palabras que enferman lento. Hay conversaciones que te enderezan la espalda, y otras que te encogen el alma sin que lo notes, como una ropa que aprieta pero uno se acostumbra.

    Escuchar también es un acto creativo. Cada voz que se deja quedarse está construyendo un clima por dentro.

    Por eso, cuando se está cansada, cuando se está empezando de nuevo, cuando se está soñando algo que todavía no tiene forma, conviene escoger con cuidado a quién se escucha. Qué música te acompaña. Qué historias normalizas. Qué quejas dejas entrar como si fueran tu casa. Qué profecías ajenas permites que te pinten el futuro.

    No todo merece hacer nido.

    No todo merece nacer en tu realidad.

    Rodéate de palabras que te recuerden tu centro. Busca silencios que sanen. Conversaciones que te devuelvan la fe. Y si hay voces que solo traen límite, miedo o burla, déjalas afuera, donde pertenecen.

    Porque tarde o temprano, la vida habla el idioma de lo que una se pasó escuchando.

    Y ahí se entiende, sin teoría y sin adornos: escuchar… también es crear.



  • Caminantes de Historia

    Bienvenidos a mi mundo de palabras

    Dicen que hay personas que no caminan… atraviesan.

    Y que cuando una mujer decide salvarse, el universo no le abre puertas: le abre grietas secretas entre mundos.

    Aquella noche, en una ciudad cualquiera, alguien apoyó la frente en el cristal de una ventana y miró las luces como quien mira un cielo artificial. Afuera todo parecía normal: carros pasando, el viento jugando con los árboles, la vida haciendo su rutina. Pero por dentro… por dentro era otra cosa. Había un silencio lleno de ruido, como cuando el corazón está cansado pero no se rinde.

    En la mesa, un mapa doblado.

    No un mapa cualquiera.

    Ese tenía algo raro: latía.

    Cada país que tocaba con los dedos dejaba un calorcito en la piel, como si la tierra reconociera el nombre de quien había pasado por ahí. Y cuando sus manos rozaban una selva marcada con tinta oscura, el mapa se estremecía, como si recordara el miedo… y también la valentía.

    Porque hay etapas que no se cuentan.

    Se sobreviven.

    Y justo cuando parecía que la noche iba a quedarse muda, se escuchó un sonido suave detrás, como una pluma cayendo en agua. Al girar, vio algo imposible: una mariposa dorada, brillante pero discreta, posada en el borde del mapa… como si hubiera estado esperándola desde siempre.

    La mariposa no batía las alas.

    Respiraba.

    Entonces ocurrió lo que nadie creería: del mapa salió una línea de luz, fina, como hilo de oro, y se fue levantando en el aire formando palabras. No eran letras normales, eran letras de otro tiempo, de esos que solo se ven en sueños:

    “Tienes dos caminos… y los dos terminan bien.”

    Pero el mapa no se quedó ahí.

    La luz siguió escribiendo:

    “Uno te devuelve lo que perdiste.”

    “El otro te convierte en lo que aún no sabes que eres.”

    El corazón le golpeó el pecho con esa fuerza de cuando algo se siente como destino. Y en ese instante, como si el mundo quisiera hacerle una prueba, el aire se puso más frío, la ventana se empañó sola y en el vidrio apareció un símbolo: ♍️

    Virgo.

    No como un signo, sino como un aviso.

    La mariposa por fin abrió las alas… y en el reflejo del cristal se vio algo todavía más raro: no era una sola mujer mirándose. Eran dos versiones. Una con los ojos cansados de tanto aguantar, y otra con la mirada limpia, como si ya hubiera salido del túnel.

    La mariposa se movió hacia el borde del mapa y dejó caer una gota dorada.

    Esa gota marcó una ciudad con precisión.

    Y el mapa susurró sin voz:

    “Aquí empieza la casa que todavía no existe.”

    Ahí fue cuando sonó el teléfono.

    Un mensaje.

    Solo dos palabras.

    “Sal ahora.”

    Y cuando dio un paso hacia la puerta… las luces de la casa parpadearon una vez, como si el universo le guiñara el ojo.

    Porque la historia real, cuando viene con fantasía, no está loca…

    Está protegida.



  • Caminantes de Historia

    Bienvenidos a mi mundo de palabras

    Apenas dijo “sí” en voz baja, la mariposa dorada se despegó del mapa y voló hacia la puerta como una guía antigua, de esas que no explican nada… solo te llevan.

    Al abrir, no había pasillo.

    No había sala.

    No había casa.

    Había un corredor largo, como si alguien hubiera estirado la noche y la hubiera convertido en camino. A los lados, no había paredes: había sombras con forma de recuerdos. Se veían como escenas a medio encender, como cuando uno sueña y no termina de entender.

    La mariposa se posó en el aire y de pronto, en el suelo, apareció un símbolo dibujado con luz:

    Un círculo.

    Y dentro… una pluma.

    La señal era clara: aquí no se entraba con los pies… se entraba con el alma.

    Y sin saber cómo, dio el primer paso.

    El corredor olía a café caliente y a lluvia. Como si el universo estuviera mezclando hogar con tormenta, ternura con miedo, pasado con futuro… todo a la vez.

    De repente, al fondo, apareció una puerta vieja, grande, de madera oscura. Tenía un letrero grabado a mano que decía:

    “Sala de las Cosas Perdidas”

    La mariposa tocó el letrero con el ala, y la puerta se abrió sola, como si la estuvieran esperando desde hacía años.

    Adentro, era un lugar inmenso. Pero no era un salón normal. Era como una biblioteca… sin libros.

    Porque allí no se guardaban páginas.

    Allí se guardaban pedazos de vida.

    En estantes invisibles flotaban cosas que la gente cree que se pierden para siempre:

    una risa que se apagó en una despedida una canción que alguien dejó de cantar por tristeza una carta que nunca se envió una foto mental de un abrazo que no ocurrió la versión de uno mismo que antes era más inocente

    Y en el centro del salón, como una reina silenciosa, había una mesa de cristal con tres objetos encima:

    Una brújula rota Una llave dorada Un frasquito de luz

    La mariposa se posó al lado de la brújula rota, y el aire se llenó de una voz suave, femenina, pero imposible de identificar:

    “Tu brújula se rompió cuando empezaste a sobrevivir.”

    Luego la mariposa caminó hasta la llave dorada:

    “Esta llave abre la puerta de la estabilidad.”

    Y por último, se detuvo frente al frasquito de luz:

    “Esta luz… es la fe que te quedó escondida, aunque no lo supieras.”

    El corazón se apretó como si algo muy grande estuviera por pasar.

    Entonces, detrás de la mesa, se encendió una pared que antes no existía. Era una pantalla de humo y estrellas… y dentro se veía una escena:

    Una mujer caminando con la espalda firme.

    No se veía triste.

    No se veía derrotada.

    Se veía… decidida.

    Y al lado de ella, como guardianes, se veían dos sombras con forma de amor: dos presencias que no abandonaban, que no se despegaban, que eran hogar aunque el mapa cambiara.

    El humo formó una frase:

    “Donde esté el amor verdadero… ahí está el país.”

    La mariposa se viró hacia la mano de la mujer y por primera vez habló, pero sin palabras, directo a la cabeza:

    “Escoge solo uno.”

    La mujer miró los tres objetos.

    Y entendió que esto no era magia barata.

    Era un examen del universo.

    La brújula rota era el pasado tratando de seguir mandando.

    La llave dorada era el futuro pidiendo permiso.

    El frasquito de luz era el alma diciendo: “no te apagues ahora”.

    Y justo cuando estiró la mano…

    PUM.

    Se apagó todo.

    Silencio.

    Oscuridad completa.

    Y en esa oscuridad, se escuchó un latido… no del corazón… del mapa.

    Como si el mapa estuviera vivo y estuviera gritando sin voz:

    “FALTA LA ÚLTIMA PRUEBA.”

    Una puerta nueva apareció detrás, con un nombre escrito en oro:

    “La Sala del Precio.”

    La mariposa dorada volvió a volar hacia adelante, lenta, seria.

    Como si esta parte no fuera para jugar.

    Antes de entrar, una frase se dibujó en el aire con fuego suave:

    “Aquí se paga con lo que pesa… para poder cargar lo que viene.”

    Y cuando la mano tocó el borde de esa puerta, el mundo volvió a respirar.



  • Caminantes de Historia

    Bienvenidos a mi mundo de palabras

    Hay finales que llegan con un portazo.

    Y hay otros que se acercan en silencio, como quien no quiere asustarte… pero ya viene.

    Estados Unidos han sido cinco años de trabajo y resistencia.

    De aprender a vivir con una sonrisa y un miedo callado.

    De hacer papeles, gastar dinero, tocar puertas, esperar respuestas.

    De construir estabilidad con las manos… mientras el corazón seguía en alerta.

    El I-220A fue la entrada.

    Y también una especie de limbo: estar aquí, pero sin poder descansar del todo.

    Vivir dentro de una promesa que todavía no se decide.

    A veces la gente cree que el “sueño americano” se trata de llegar.

    Pero llegar fue apenas el principio.

    Lo difícil ha sido quedarse sin sentir que cualquier día la vida vuelve a empujar.

    Y ahora, otra vez, el destino parece cambiar de dirección.

    México se asoma como posibilidad.

    No como derrota.

    Como una ruta alternativa para seguir de pie.

    Porque hay decisiones que no se toman con orgullo, sino con inteligencia.

    Hay caminos que no se eligen por gusto… se eligen por supervivencia.

    En la mesa quedan papeles.

    Demasiados.

    En el pecho queda una fecha: 19 de agosto de 2026.

    Una corte. Un juez. Un veredicto.

    Ese día puede ser el cierre de esta etapa…

    o el verdadero inicio de todo.

    Hasta entonces, la vida sigue.

    Los días continúan. El trabajo no se detiene.

    Y el corazón aprende a caminar con paciencia.

    Porque cuando una historia está viva, no se puede fingir un final.

    Y mientras la fecha se acerca, queda una sola verdad:

    la próxima página todavía no existe.

    No sé si la próxima página la escribiré en Estados Unidos, felizmente… o en México, felizmente también.

    Porque el lugar no define a quien ya aprendió a sostenerse con el alma en alto.

    Soy Katia Santana, mujer de luz, mujer de verdad.

    Soy voz que trasciende. Soy eternidad.



  • Caminantes de Historia

    Bienvenidos a mi mundo de palabras

    “¿Por qué me estás llevando por aguas tan oscuras?”

    Y Él me respondió sin gritar, pero firme:

    “Porque hay lugares donde solo entra el que confía… y a tus enemigos se les acaba el aire.”

    Le dije con el alma cansada:

    “Siento que no doy la talla… que por más que intento, siempre falta algo.”

    Y Él me sostuvo con una verdad sencilla:

    “No te falta nada. Te estoy puliendo.

    Lo que tú llamas ‘fracaso’… Yo lo llamo ‘formación’.”

    Entonces pregunté, con la voz partida:

    “¿Y por qué duele tanto? ¿Por qué a veces me siento tan pequeña?”

    Y Él respondió:

    “Porque en esa pequeñez nace Mi fuerza.

    Ahí es donde Yo me veo.”

    Volví a hablarle, esta vez con los ojos mojados:

    “¿Por qué tantas decepciones? ¿Por qué tantas puertas cerradas?”

    Y Él me dijo:

    “Porque no todo lo que se fue era pérdida.

    Hay puertas que se cierran para salvarte.

    Y hay cosas que duelen… porque te estaban frenando sin que lo supieras.”



  • Caminantes de Historia

    Bienvenidos a mi mundo de palabras

    No era tristeza, no era ansiedad… era otra cosa. Como si el aire tuviera electricidad, como si la casa estuviera llena de un mensaje que nadie había terminado de decir.

    Michel roncaba bajito, con ese cansancio noble de los hombres que trabajan duro. La ciudad, afuera, estaba callada. Pero dentro de Katia… algo caminaba.

    Se levantó descalza, sin prender luces, y fue hasta la mesa donde siempre escribía. Ahí estaba la libreta. La misma donde había puesto sus heridas a secar al sol, como ropa tendida después de un ciclón. Y al lado, su pluma.

    Katia apoyó la mano sobre el papel… y sintió un frío raro. No de invierno. Un frío antiguo.

    Fue entonces cuando lo vio.

    En la última página, donde juraba que había dejado un poema a medias, había una frase escrita. No era su letra. No era la letra de nadie que ella conociera.

    Decía:

    “No te preocupes. Yo también crucé esa selva contigo.”

    La sangre le subió a la cara. Sintió el corazón golpeándole en la garganta. Miró a su alrededor, como si alguien se fuera a reír desde una esquina oscura. Pero no había nadie. Solo el silencio… y el olor a papel.

    Katia tragó en seco. Virgo al fin, cuando algo no cuadra, no lo suelta. Miró la pluma: la tinta estaba fresca. Como recién nacida.

    Y ahí mismo le vino un pensamiento, como una sospecha dulce y peligrosa:

    ¿Y si la vida está dejando pistas?

    Porque Katia había aprendido algo desde hace años: la realidad puede ser una pared… o una puerta. Y ella siempre sintió que existía “un más allá”, no como cuento, sino como presencia. Como una verdad que no se ve, pero te mira.

    Se sentó. Respiró. Y escribió debajo:

    “¿Quién eres?”

    La respuesta no llegó con voz. Llegó con señal.

    La cocina crujió como si algo pasara. Y el vaso de agua, el que Michel había dejado sobre el fregadero, vibró un segundo. Apenas.

    Katia se quedó inmóvil. Sentía que si se movía, el misterio se iba a esconder de nuevo.

    Y entonces… el teléfono se encendió solo.

    Una notificación sin sonido, como si el celular también tuviera respeto.

    Un mensaje decía:

    “Tu historia no termina donde te rompiste.”

    Katia lo leyó dos veces. Y en la tercera, se le aguaron los ojos.

    Porque había días en que ella se veía fuerte por fuera… pero por dentro caminaba con una mochila de piedras: la ausencia, el exilio, la separación, el miedo, la nostalgia. Doce países. El Darién. Los golpes invisibles de la vida. Los años sin ver a sus hijos. El esfuerzo que nadie aplaude. El dolor que uno disimula para no preocupar al mundo.

    Ella había sobrevivido a cosas que no se cuentan en una sobremesa.

    Y aun así… seguía escribiendo.

    Eso era lo que no entendía la tristeza: que Katia no se había rendido. Solo estaba cansada de cargar tanto.

    La ventana estaba un poquito abierta. Un aire caliente, como de agosto, se coló en enero. Imposible. Pero real.

    Y ahí, Katia sintió que la casa se llenaba de una energía suave, como si alguien hubiese encendido una vela que no alumbraba con fuego, sino con paz.

    Volvió a la libreta, con la misma mano temblándole, y escribió:

    “¿Qué quieres de mí?”

    La pluma se movió sola.

    No como película de terror. No. Era más fino, más espiritual, más de esos misterios que dan escalofrío pero también abrazan.

    La tinta formó una frase, despacito:

    “Que recuerdes quién eres.”

    Katia soltó una risa cortita, nerviosa.

    “¿Quién soy?”, susurró.

    Y el silencio le devolvió un espejo: una mujer emigrante, madre, cubana, ingeniera, enfermera, escritora empírica, esposa, guerrera. Una mujer que ha tenido que empezar desde cero más veces de las que una persona debería.

    Pero también… una mujer con un don.

    Porque no todo el mundo convierte el dolor en belleza.

    No todo el mundo tiene ese poder.

    Entonces pasó lo más raro.

    La libreta, sin que Katia la tocara, se abrió en una página vieja. Una de las primeras que ella había escrito años atrás, cuando todavía no sabía si iba a lograrlo. Ahí decía, con su propia letra:

    “Un día mi alma será libro.”

    Katia se quedó mirando esa frase como si se la hubieran tatuado por dentro.

    Y en ese instante, como si el universo dijera ajá, ahora sí, la luz del comedor parpadeó una sola vez. No más.

    Y se quedó fija.

    Como aprobando.

    Katia miró el reloj. Eran las 3:33 a.m.

    Ella no era de asustarse fácil, pero tampoco era de ignorar señales. Y esa hora… tenía algo de mensaje. Algo de “despierta”.

    En la pared del comedor, donde ella tenía su rinconcito dorado de autora, había una mariposa decorativa. Un detallito que compró un día sin razón.

    Esa mariposa, esa misma, cayó al piso.

    Sin romperse.

    Cayó suave.

    Como una pluma.

    Katia se agachó, la recogió, y sintió en la yema de los dedos una tibieza inesperada, como si estuviera viva.

    Y ahí, por primera vez en mucho tiempo, no sintió miedo.

    Sintió esperanza.

    Como si alguien le estuviera diciendo:

    “No estás sola. Nunca lo has estado.”

    Katia volvió a la mesa y escribió un párrafo completo. No pensó. No corrigió. No dudó.

    Las palabras salieron como agua limpia, como si hubieran estado esperando un canal.

    Escribió sobre mundos paralelos, sobre energías, sobre esa sensación de que el destino a veces te empuja, aunque tú no entiendas por qué. Escribió sobre el esfuerzo silencioso, sobre la estabilidad que se construye con disciplina, sobre la esperanza que se cultiva cuando todo se ve oscuro. Escribió sobre confiar.

    Porque la vida, sí… tiene sus propios planes.

    A veces te rompe para que no te conformes.

    A veces te quita para que no te acomodes.

    A veces te retrasa para que llegues lista.

    Y al final, cuando ella terminó, el último renglón salió solo, como cierre perfecto:

    “Lo que debe quedarse, se quedará.”

    Katia se quedó mirando esa frase con la boca apretada para que no se le escapara el llanto. Era su lema. Su verdad. Su ancla.

    En ese momento, sintió una mano en el hombro.

    Casi se le sale el corazón.

    Giró rápido.

    Era Michel.

    Con los ojos medio dormidos, despeinado, y esa cara de “¿todo bien?” que solo hace un hombre que ama de verdad.

    “¿Qué tú haces despierta, mi vida?”, dijo con voz ronca.

    Katia respiró. Lo miró. Y por primera vez esa noche, todo se sintió normal y mágico al mismo tiempo.

    “Estoy escribiendo”, dijo bajito. “Pero… como si alguien me estuviera ayudando.”

    Michel sonrió, le dio un beso en la frente y le dijo lo más simple del mundo, y por eso mismo lo más poderoso:

    “Entonces escribe. Que para eso tú naciste.”

    Y ahí vino el desenlace que no fue una explosión ni un trueno.

    Fue algo más grande.

    Katia entendió.

    Que el misterio no era un fantasma.

    Era su propia vida pidiéndole que se tomara en serio.

    Que la señal no era para asustarla, era para despertarla.

    Que sus heridas no eran un final, eran tinta.

    Que su camino no era castigo, era preparación.

    Porque hay destinos que no se anuncian con aplausos…

    se anuncian con silencios que empujan.

    Katia miró su libreta una última vez. Y como si el universo quisiera dejarlo claro, la primera frase misteriosa se transformó sola, suavemente, como si la tinta cambiara de piel.

    Ahora decía:

    “Cruzar la selva fue solo el prólogo.”

    Y ella sonrió.

    Sonrió con esa sonrisa de mujer que todavía tiene cicatrices… pero ya no se siente rota.

    Porque por fin entendió lo que la vida llevaba tiempo planeando:

    La historia de Katia no era una historia de dolor…

    era una historia de transformación.

    Y esa madrugada, entre la tinta y el misterio, entre el amor y la fe, Katia volvió a creer.

    No como niña ingenua.

    Sino como mujer que ha sobrevivido.

    Y cuando el sol empezó a entrar por la ventana, dorado y limpio como promesa, ella cerró la libreta con calma y dijo en voz baja, como juramento:

    “Voy a crecer. Voy a estabilizar mi vida. Y voy a confiar.

    Porque la vida tiene planes… y yo también.”

    💛



  • Caminantes de Historia

    Bienvenidos a mi mundo de palabras

    Hay estados emocionales que no solo te cambian el día: te cambian la manera de respirar. Y a mí, todo esto de la migración, las noticias duras, la gente deportada, la incertidumbre… me ha atravesado de una forma que no se explica con una sola palabra. Es como si me hubieran picado las alas. No porque yo no sea fuerte, sino porque hay dolores que cansan en silencio y se te meten en la voluntad.

    De pronto, lo que antes me salía natural se vuelve pesado. Lo que antes me encendía, ahora me deja mirando el techo, sin ganas de nada. Y entonces me doy cuenta de algo que también es verdad: mi escritura no se apagó, solo se quedó en pausa, protegiéndose. Porque escribir también es sentir, y cuando el corazón está saturado, a veces lo único que puede hacer es callarse un momento para no romperse.

    Hoy no me exijo brillo. Hoy me permito existir. Y si mañana vuelve una línea, una sola, yo la abrazo como quien regresa a casa. Lo que debe quedarse, se quedará.



  • Caminantes de Historia

    Bienvenidos a mi mundo de palabras

    Hace mucho que no escribo. Y no porque me haya rendido… sino porque hay días en que el alma se me queda sin voz. No todos los días estoy inspirada, y en estas fechas la inspiración se me apaga un poco más. La lejanía tiene ese efecto: te enfría por dentro aunque sigas funcionando por fuera.

    A veces uno cree que escribir es tener palabras todo el tiempo. Pero he aprendido que también se escribe en pausa. Se escribe cuando una respira hondo y aguanta. Se escribe cuando la nostalgia se sienta en la esquina del cuarto y te mira, callada. Se escribe cuando te falta alguien, cuando te faltan abrazos, cuando te falta hogar.

    Yo sigo aquí. Con mis días buenos y mis días grises. Con mi fe, con mis rutinas, con esta manera mía de no soltarme. Y aunque ahora me cueste, sé que volveré a escribir como siempre: desde lo vivido, desde lo verdadero, desde lo que duele y también ilumina.

    Si tú también estás pasando por una etapa así, no te exijas tanto. A veces no hace falta inspiración… hace falta ternura contigo misma. Lo demás regresa. Siempre regresa.

    Lo que debe quedarse, se quedará.



  • Caminantes de Historia

    Bienvenidos a mi mundo de palabras

    Cuando me resigné al olvido, regresaron los recuerdos: esos sueños infiltrados en la mirada, esa mirada que todo lo resucita. Ese poder ancestral de soñar lo irremediable, lo terrenal, lo banal, lo rutinario. Regresó el tiempo y el olvido se fue diluyendo, fragmentándose.

    Ilusa de mí, que pensé olvidar esa terrible forma de presentir… Presentir aunque la ciencia lo niegue y la razón no lo permita; presentir en los silencios y también en algunas miradas. Y hay presentires que no vienen de la superstición, sino del amor: ese que duele por dentro cuando falta lo esencial.

    Llevo ocho años sin ver a mis hijos… y ya vamos camino a nueve. A veces me repito que lo hago por ellos: por la ropa, los zapatos, el dinero, por “darles todo”. Pero la vida, con su ironía, me recuerda que lo que más necesitan no cabe en una caja ni se manda por envío: es mi presencia.

    Mi niño grande me llamó y me dijo, como quien ya no puede sostener la distancia: “Mamá, te doy de plazo hasta el día de la corte. Si sale negativa, no quiero que sigas en Estados Unidos. Quiero que te vayas a México y nos saques. Ya no puedo estar más sin verte. Nos vamos juntos. Luchamos juntos. Lo que sea”.

    Y yo me quedé con ese presentir en la garganta, buscando olvidarlo y entendiendo que no se puede, porque lo irracional te gana. Porque cuando un hijo te nombra en medio de la ausencia, el alma se te vuelve evidencia.

    Después… llega la lenta comprensión: por algo presentías, por algo intuías, y por algo tantas veces descubriste que envolverte es mejor. Es mejor la posición fetal sobre ti misma; meterte muy adentro, dejar que suceda y salir ilesa… como reinventando la vida. Pero hay verdades que no se pueden envolver para siempre: nos estamos perdiendo la mejor parte de nuestros hijos creyendo que “estar lejos y proveer” es suficiente, mientras lo que ellos piden es lo único que no se compra: tenernos cerca.

    Y entonces el tiempo regresa, y el olvido se va, y una aprende —aunque duela— que darlo todo no es solo sostener, sino estar. Aunque el mundo te exija aguantar, el corazón te exige volver.

    #madres #migracion #hijos #nostalgia #amorqueduele #familia #ausencia #poesiavivida #intuicion #reinventarse



  • Caminantes de Historia

    Bienvenidos a mi mundo de palabras

    Me quedo con lo que aprendí cuando nadie me aplaudía.

    Me quedo con las veces que tuve que respirar hondo para no rendirme.

    Me quedo con mi fe, con mi casa, con mi familia, y con esa fuerza silenciosa que se forma cuando la vida te pone a prueba y aun así decides seguir.

    Este 2025 me dejó cicatrices, sí… pero también me dejó claridad.

    Me enseñó a soltar lo que no me cuida, a callar lo que no merece respuesta, y a priorizar lo que me devuelve paz. Me enseñó que no todo lo que duele es castigo: a veces es un empujón hacia una versión más verdadera de uno mismo.

    Hoy no escribo para hacer un resumen perfecto. Escribo para agradecer.

    Agradecer por cada paso, por cada señal, por cada “aquí sigo” que me dije a mí misma en medio de días largos. Agradecer por las personas que han caminado conmigo, por los que llegaron sin hacer ruido y se quedaron, y también por los que se fueron… porque me dejaron espacio para crecer.

    Me despido de este año con el corazón en calma.

    No porque todo esté resuelto, sino porque ya entendí que mi alma no necesita tenerlo todo controlado para seguir avanzando. Me basta con tener propósito. Me basta con tener amor. Me basta con saber que lo que viene también me pertenece.

    Que el 2026 llegue limpio, fuerte y generoso.

    Que me encuentre más libre, más consciente, más fiel a mí.

    Que lo que no sume, se aparte.

    Y que lo que debe quedarse… se quedará.